La odisea de la Canasta 86 de Alberto

Dicen que los viejos héroes nunca mueren, solo acumulan polvo en el olvido. Eso debió pensar Alberto el día que, con los ojos brillando de la misma forma que un niño estrena sus zapatos nuevos el día de Reyes, llamó a nuestra puerta.

Traía consigo una misión de proporciones épicas: devolver a la vida a su bien más preciado, una mítica Canasta 86 de INDER.

El panorama, todo hay que decirlo, era digno de una novela de terror para cualquier amante del recreativo. La máquina llevaba más de una década sepultada en las profundidades de un trastero oscuro, sufriendo el implacable castigo del tiempo. Aquella vieja gloria del baloncesto digital presentaba heridas de guerra por todos lados: el mueble crujía pidiendo clemencia, los circuitos protestaban con múltiples averías, los plásticos estaban rotos como si hubieran recibido un millón de bolazos sin descanso y el tablero… bueno, el tablero parecía haber sido el escenario de un rally en un desierto de barro.

Más de diez años de polvo, humedad y abandono habían creado una costra de olvido que parecía indestructible. Pero el entusiasmo de Alberto era el combustible que necesitábamos. Las leyendas no merecen morir en un trastero, ¡así que nos arremangamos las camisas y nos preparamos para el milagro!

Un poco de información sobre el Canasta 86

Para entender el éxito del Canasta 86, hay que recordar el contexto: España organizó el Mundial de Baloncesto en 1986. El país entero estaba volcado con el basket tras la histórica plata olímpica de Los Ángeles ’84. INDER aprovechó este tirón mediático y cultural para lanzar una máquina que se convirtió en un imán inmediato en los salones recreativos y bares de la época.

El arte visual del backglass (el cristal trasero) es espectacular: capta la tensión de un partido en el último segundo, con jugadores saltando a por un rebote o machacando el aro bajo un marcador digital muy ochentero. Destaca por incluir una ilustración que rinde homenaje a Michael Jordan y a los Lakers

En cuanto al tablero (playfield), el diseño estaba pensado para simular la dinámica del baloncesto:

El ritmo rápido: Las mesas de INDER eran famosas por su velocidad. La bola se movía de forma frenética entre los bumpers (los rebotadores circulares superiores) y las rampas.

Sistema de puntuación integrado: Los objetivos en el tablero sumaban puntos simulando tiros libres, canastas de dos y triples.

El desafío de las Extra Balls: El juego premiaba la puntería constante dando facilidades para conseguir vidas extra, lo que permitía a los jugadores más hábiles encadenar partidas larguísimas con una sola moneda de 25 pesetas.

Volvamos a la restauración

El mueble estaba muy mal, y los dibujos estaban muy deteriorados y en algunas partes apenas se intuían. Procedimos a desmontar por completo el tablero y todas las partes como plásticos, bumpers, dianas, bancadas. Dejamos el mueble vacío y sacamos todas las placas para limpiarlas y repasar sus soldaduras.

Una vez todo desmontado, empezamos a lijar el mueble y repintarlo para colocar vinilos. Se pinta también el interior del mueble. Aunque no se vea a simple vista, el ver el interior pintado y limpio es de agradecer.

El tablero de los pinball de INDER lleva un metacrilato por encima de la madera y la serigrafía. Con un pulido a fondo, el color y el brillo vuelve a aparecer como si fuera el primer día. Es super-agradecido.

Poco a poco se va obrando el milagro. Después de muchas horas de meticuloso trabajo, lijado, reparado, pintado se va viendo el resultado.

Limpiamos también a conciencia los plásticos que se pueden salvar (los que no, se hacen o se ponen reproducciones que se ven igual de bien que los originales) y se pulen las partes metálicas para que recobren ese lustro desaparecido por el tiempo y el oxido.

También se limpian los inserts por debajo del tablero, esto hace que las luces de juego sean vibrantes y luzcan como nunca.

Después de repasar todas las conexiones y soldaduras interiores, se sustituyen las piezas mecánicas que se necesiten, también alguna bobina que después de tanto tiempo ha perdido fuerza.

Después se pulen también el lockbar y las patas, así como las partes metálicas del monedero y el tirador. Se ponen dianas nuevas y pegatinas del tablero y como no, gomas nuevas.

Ya casi estamos con el paciente a punto de revivir como Frankenstein minutos antes de que le cayera el rayo divino para traerlo a la vida.

Con todo ensamblado de nuevo tras incontables horas de soldadura, limpieza a fondo, sustitución de plásticos y mucho mimo, llegó el momento de la verdad. Enchufamos el cable a la corriente… el taller en silencio y las manos temblorosas en el interruptor… ¡ZAP!

El «Clack» de los relés: Ese sonido seco y metálico que resuena en el mueble. La luz vuelve a brillar por todos los inserts del tablero como si estuvieran poseídos por el mismísimo Dios del neón. Metemos una moneda en el mecanismo del monedero que llevaba más de 10 años sin usarse y al dar al inicio de partida, ese sonido inconfundible empezó a llenar el taller de alegría.

El pinball ya no era un trozo de madera y circuitos muertos. Las bobinas tienen fuerza, los flippers golpean con la furia de un gigante y el contador vuelve a sumar puntos. El trabajo ha sido un éxito rotundo.

Pero lo mejor de todo este proceso no fue revivir los circuitos de INDER, sino ver la cara de Alberto al darle al flipper por primera vez en más de diez años. En ese preciso instante, el trastero quedó atrás y Alberto volvió a tener 15 años, la paga de la semana en el bolsillo y toda la tarde por delante. Al final, no solo restauramos madera y cables; rescatamos un trozo de felicidad.

¡A meter canastas otra vez, Alberto!